Las relaciones personales son la sal de la vida. Somos seres sociales, que disfrutamos de la compañía de los demás, de su cariño, de saber que están ahí, de todo lo que significa que alguien comparta su vida con nosotros, sea al nivel que sea. Nadie recuerda el mejor momento de su vida y se vé sólo en él. En general a todo el mundo le pasa así: lo mejor de la vida son las personas que la llenan. Le dan sentido, color, emoción.
Por eso mismo, las relaciones con la gente hay que cuidarlas. Y eso es algo que a mí no se me dá bien. Yo no cuido a la gente.
Y así es que mucho más a menudo de lo “normal”, la gente se siente maltratada por mí. Porque no les cuido. Porque cuanto más me importan y más los quiero, peor los trato. O mejor dicho, menos cuidado tengo en cómo los trato. Me enfundo demasiado rápido la bata y las zapatillas. No trabajo la amistad. No la riego. Y da igual que sepas o sepan que darías un brazo: lo que quieren es una llamada, un mensaje, un “te quiero” más cotidiano. Sentir que te importan, Ramón.
Y así pasa que, cuando menos me lo espero me mandan al carajo, y me dejan con ésta cara. (Si, parecida a la del mono, para que os hagais una idea) Con la cara de “¿qué hiciste Ramón? ¿qué hiciste?”. Y es que aunque intente disimularlo y autoconvencerme de que las cosas en la amistad deben ser fáciles, tranquilas y todo eso, las amistades no crecen de forma sinmultánea. Cuando tú crees que ya sois amigos de bata y zapatillas, resulta que todavía no. Que tú ya estás listo para ir al fin del mundo, pero a tí no te conocen. Porque éstas cosas tuyas, Ramón, es mejor no conocerlas. Porque digas lo que digas, eso debe cambiar.
Estoy muy afectado, pero no ya tanto por el batacazo, que escuece, sino por la sensación de que cosas como ésta están cantadas en tu vida si no te implicas en lo que te importa, Ramón. Deja la bata y las zapatillas, que la gente es demasiado importante. Si no lo fuera no estarías ahora mismo con ganas de llorar. Congoja, Congoja es la palabra.
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… una frase suelta destapa el tarro de las esencias, rompe “la presa” y donde había corrección y suavidad, aparece cruda la movida más chunga.

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